jueves, 24 de septiembre de 2015

Misterios de medianoche: Capítulo 2

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Por si alguién aún no lo tiene os dejo aquí el enlace de descarga de
 Fragmentos de esperanza:


Y ahora sí seguimos con la historia de Bastien y Kirby y vamos conociendo el misterio que la rodea:




Capítulo 2

Una pausa.
Kirby tenía la sensación de que había sorprendido al leopardo a su lado, pero él se recuperó con rapidez.
–Oh, me gusta. –Su voz había bajado, adquiriendo un borde más áspero que lanzó su estómago en una peligrosa caída libre–. Sin embargo, y a pesar de la negativa de Vera a creerme, soy muy exigente con respecto a quién desnudo ahora que ya no soy un adolescente gobernado por las hormonas. Por supuesto, cuando era un adolescente, una mujer desnuda habría hecho que las cosas terminaran de una manera abrupta, físicamente hablando.
Con la piel ardiendo de nuevo cuando apenas se había calmado, Kirby se negó a dar marcha atrás.
–Espero que tu habilidad de permanecer… firme –¿estaba realmente diciendo eso?– contra la tentación haya mejorado con el tiempo. –Ella nunca había coqueteado de esa manera tan sexual y pecaminosa, no sabía que podía hacerlo.
Una mano en su espalda, un contacto abrasador a través de su chaqueta de punto y la camisola que llevaba debajo, y un cálido aliento contra el lóbulo de su oreja mientras se él inclinaba más cerca.
–No tienes ni idea, gatita –dijo.
Luchando contra el estremecimiento que la amenazaba, se dirigió a la casa de Vera y a la cocina, donde puso el pastel en la encimera.
–Prepararé café –dijo ella antes que  Bastien o Vera pudieran ofrecerse.
La tarea rutinaria le dio algo que hacer, aunque si había pensado que eso le ayudaría a ignorar a Bastien, resultó ser un esfuerzo inútil. Despatarrado en una silla frente a Vera en la mesa de la cocina, él estaba diciendo algo que hacía reír a su compañera de manada.
–¿Por qué estás vestido tan elegante? –preguntó Vera una vez que su risa se hubo desvanecido, levantando el elegante pero innecesario bastón para tocar el antebrazo de Bastien–. ¿Era para la selección de chicas?
Bastien dejó caer la cabeza entre sus manos, el impresionante color rojo oscuro de su pelo capturaba la luz del sol que entraba por las ventanas de la cocina, las cuales daban al bosque lleno de frondosos abetos verdes. Su camisa blanca estaba tensa sobre sus hombros en esta posición, haciendo evidente su fuerza.
–Pensé que mamá me necesitaba un momento para ayudarla a mover los muebles para el almuerzo del club de lectura –gruñó él cuando levantó la cabeza–. Si hubiera sabido que estaba actuando de celestina, habría llevado mis vaqueros más andrajosos y una camiseta manchada.
Forzando sus oídos para captar cada palabra gruñida, Kirby encontró las tazas cuando el café comenzó a hervir.
–Tu madre te ama. –Vera miró a Bastien–. Estás en buena forma, en la flor de tu vida, debes encontrar a una chica antes de volverte viejo y arrugado.
–Vaya, gracias, Vera. –Un murmullo masculino cuando se enderezó de nuevo, con un brazo apoyado perezosamente contra el respaldo de su silla, su cuerpo grande con las extremidades relajadas, como un gato en reposo–. Tenía la esperanza de que me quedaran aún algunos años más.
La respuesta de Vera fue una sonrisa brillante y llena de expectación.
–Voy a disfrutar viéndote caer, Bastien Smith. Apuesto a que te envolverá alrededor de su dedo.
Un encogimiento de hombros, esos deliciosamente anchos hombros capturaron la atención de Kirby de nuevo.
–Por supuesto que lo hará. –Por imposible que fuera, Kirby  sentía como si su voz fuera entonada para acariciar sus sentidos–. Si no fuera así, ¿qué sentido tendría?
La sonrisa de Vera se volvió cariñosa.
–Estoy contenta de ver que entiendes eso. –Levantó la mirada cuando Kirby llevó la bandeja con el café, la expresión de Vera se suavizó–. ¿Y tú, Kirby? –Ella tiró de Kirby para que se sentara–. ¿No has encontrado a alguien todavía?
–Solo llevo en la ciudad dos semanas –dijo, consciente de que Bastien se quedó inexplicablemente quieto por un tenso y breve segundo, el verde de sus ojos ya no era humano, antes que él se levantara para coger el pastel.
–Por el acento –dijo él–, creo que eres de… ¿Georgia?
Kirby asintió, feliz de que él hubiera cambiado de tema, pero Vera no lo hizo.
–Dos semanas, estúpidas semanas. Nunca es demasiado pronto para empezar a buscar. –Los ojos de la mujer mayor brillaban, parpadeando de Kirby a Bastien–. Ustedes dos tendrían bonitos cachorros.
Kirby se quería morir. Cavar un agujero, saltar dentro, enterrarse profundo sonaba bien.
Bastien, por el contrario, se colocó entre ella y Vera y sirvió el pastel sin perder el ritmo, el calor de su cuerpo deslizándose contra ella como una caricia táctil.
–Sin lugar a dudas –dijo él–, pero no lo haremos si aterrorizas a Kirby con advertencias sobre la probabilidad de acabar desnuda mientras está conmigo.
Kirby respondió en pura legítima defensa, impulsada por ese algo extraño dentro de ella que le decía que no podía permitirle abrumarla. Ni ahora, ni nunca. Tal vez no fuera una dominante, pero era fundamental que él no la viera como débil. Las puntas de sus dedos le escocieron por ese pensamiento feroz, el dolor agudo y penetrante. Dejó a un lado la taza de café que, claramente, estaba más caliente de lo que se había dado cuenta.
–Esa probabilidad se vuelve cada vez menor con cada palabra que dices –respondió.
Riendo, Vera golpeó su muslo. Bastien volvió a tomar asiento con una expresión desmedidamente mansa si tenía en cuenta que se había cambiado de silla para que su muslo se presionara contra el de Kirby. Eso generó una escalada en su conciencia de él, su piel hormigueaba de una manera que se sentía como si viniera desde su interior hacia el exterior. Casi como si tuviera también un leopardo bajo su piel, uno que se frotaba contra ella en un esfuerzo para acercarse a este hermoso gato que hacía que sus terminaciones nerviosas se descontrolaran.
Sacudiéndose la curiosa sensación, se centró en su conversación con Vera.
Inteligente, ingenioso, un poco pícaro, Bastien era el tipo de hombre que nunca tendría problemas para atraer a una mujer. Kirby estaba lejos de ser inmune. Si ella fuera brutalmente honesta, nunca había reaccionado a nadie tan fuerte como lo había hecho con él.
Esa violenta ola de necesidad, de deseo desde el principio, seguido por un creciente deseo de saber más de él, de saberlo todo… era profundamente inquietante. Como lo fue la dolorosa decepción que hizo que clavara las uñas las palmas y los ojos amenazaran con arder cuando él miró su reloj.
–Es mejor que me vaya a la oficina. Con la inestabilidad causada por la situación política de los Psy, tengo que mantener una vigilancia extra en las cosas –dijo él.
–Solo trabajo sin diversión. –Vera negó con la cabeza mientras Kirby miraba deliberadamente la taza de café medio vacía en un esfuerzo por ocultar su reacción perturbadora, su piel enrojecida alternando entre caliente y frío–. Ten cuidado de no convertirte en un chico aburrido.
–Pensé que estaba haciendo que las mujeres se desnudaran de manera regular.  –Levantándose con ese chiste, Bastien se dio la vuelta para besar a Vera en la mejilla–. ¿Te puedo llevar a algún lugar, Kirby? –preguntó, con la mano en el respaldo de su silla.
Asustada por lo mucho que quería inclinarse hacia atrás, frotar su mejilla contra su brazo, tirar de él hacia su boca, ella negó con la cabeza.
–No seas tonta –dijo Vera–. No tienes coche.
Sus dedos flexionados, el hormigueo en los dedos aumentado en intensidad.
–No es ningún problema tomar el…
El aliento de Bastien fue un susurro caliente y sedoso sobre su oreja, su rostro a solo una caricia de distancia.
–Te prometo que no muerdo. –Fue un desafío.
Kirby había dejado de aceptar desafíos estúpidos cuando era adolescente, pero una rebeldía primitiva se elevó en su interior ante sus palabras. Algo muy cercano al pánico la inundó y sintió que se apoderaba de ella al darse cuenta de que él estaba a punto de irse, acallando totalmente el sentido de auto-conservación que le decía que tenía que poner un poco de distancia entre ambos para poder pensar.
–Lidio con niños de cinco años todos los días –dijo ella, la mandíbula de él acarició su sien cuando ella giró un poco su cabeza. El contacto la hizo querer estremecerse, pedir más. Tragándose la desgarradora necesidad que era demasiado poderosa como para poder pensar racionalmente, de algún modo se las arregló para mantener su tono plano cuando añadió–: En comparación eres un gatito.
–Cuidado, Bastien. –La sonrisa de Vera era amplia–. Kirby tiene un cerebro.
–Me gustan las mujeres con cerebro –dijo Bastien, moviendo la silla de Kirby hacia atrás para que pudiera levantarse, aunque él seguía estando lo suficientemente cerca como para tocarla.
Un resoplido.
–¿Oh? Pensé que otros atributos tenían prioridad.
–Adiós, Vera. –Bastien comenzó a caminar de espaldas saliendo de la cocina, agitando los dedos a la mujer mayor que, por su sonrisa, estaba claramente encantada por el compañero de manada al que había estado tomando el pelo.
Cuando Kirby cogió su bolso y se unió a él, Bastien se giró para caminar hacia delante, entonces puso su mano en su espalda de nuevo. El contacto renovó la extraña sensación de roce de pelaje contra el interior de su piel e hizo que sus dedos se curvasen mientras sus pechos dolían.
Kirby sabía que debía alejarse y no solo por su respuesta cada vez más descontrolada hacia él. Gracias a un amigo cambiante en la secundaria, ella comprendía el concepto de privilegios de piel: el derecho a tocar, dentro y fuera de la manada, los diferentes grados de contacto aceptables para distintas situaciones. La mano de un varón en la espalda baja de una mujer era un acto íntimo en la sociedad humana, más aún en el mundo cambiante.
Si ella no hacía nada sobre la forma en que Bastien estaba reclamando ese derecho, él lo tomaría como una aquiescencia silenciosa a su persecución. Si ella decía que no, él daría marcha atrás de inmediato, DarkRiver era una manada que se regía por estrictos y disciplinados códigos de comportamiento. Kirby sabía eso debido a que Vera se lo había dicho después de señalar que Kirby era una mujer joven y soltera que vivía en un territorio lleno de cambiantes y por lo tanto era muy probable que entrase en contacto con machos interesados.
–Si es un depredador, leopardo o lobo, será directo –había dicho la anciana–. No saben ser sutiles cuando se fijan en una mujer. Pero ningún varón en DarkRiver o SnowDancer irá dónde no ha sido específicamente invitado.
Así que Kirby no tenía la excusa del desconocimiento. Pero no se apartó, no le dijo a Bastien que dejara de tocarla. Porque a pesar de su preocupación por el carácter ingobernable de sus reacciones, la presencia de ese gran cuerpo a su lado, la presión de su mano, se sentía bien… mejor que cualquier cosa que hubiese sentido en mucho, mucho, tiempo.
La cálida sensación de pertenencia era lo suficientemente potente como para cortar el frío nudo que había sido parte de ella desde que podía recordar, un bulto pesado en el centro de su pecho que dolía profundamente en la noche y la hacía llorar incomprensibles lágrimas. En estos días, ella lloraba en silencio, se despertaba y descubría su cara mojada. Cuando era niña, ella había gritado hasta despertase, su garganta en carne viva y el terror en su sangre.
–Hey. –La mano de Bastien dibujaba gentiles círculos en su espalda–. ¿Todo bien?
Asintiendo, ella entró en el costoso coche negro que le decía que Bastien había tenido mucho éxito en lo que fuera que hiciera, y lo vio caminar para sentarse en el asiento del conductor.
Él apoyó su brazo a lo largo de la parte posterior de su asiento, y esperó hasta que ella lo miró a los ojos.
–Si no quieres estar aquí –dijo él con calma– o si te sientes incomoda conmigo, dímelo. –El leopardo la miraba a través de sus ojos–. ¿Quieres irte?
–No. –Su respuesta fue impulsada por el instinto, el momento lleno con un significado que no podía comprender conscientemente–. Recuerdos –se encontró diciéndole al hermoso macho que había sido un desconocido una hora atrás–. Me acordé de algo que me puso triste.
Bastien se acercó para colocarle el pelo detrás de la oreja, sus dedos rozando la curva de la misma haciendo brillar sensaciones a través de cada pulgada de ella.
–¿Recuerdas a menudo?
Ella sacudió la cabeza cuando el picor en la piel disminuyó para ser reemplazado por un deseo voraz de más.
–No. –El llorar en sueños se había ido desvaneciendo hasta desaparecer totalmente en la parte final de su infancia, solo para regresar con más fuerza cuando se trasladó a San Francisco–. Creo que es el estrés por haberme mudado a un sitio nuevo.
Bastien movió su mano como si fuera a jugar con otro mechón de su cabello, y luego miró a la casa de Vera.
–Ella nos acusará de conducta indecente en su camino de entrada si no nos vamos.
Las palabras secas la hicieron reír, la tristeza se desvaneció y supo que lo había hecho a propósito, este leopardo al que no conocía… y sin embargo, en sus huesos sentía que sí.
–¿Hacia dónde? –preguntó poniendo en marcha el coche, su sonrisa devastadora.
Kirby le dio su dirección, entonces se dio cuenta que ella nunca le había preguntando hacia dónde iba.
–¿Está lejos de tu ruta? –Debería haberse ofrecido a bajarse en la parada de autobús, pero no podía decirlo.   
Con una mano confiada en el volante mientras ellos iban marcha atrás, Bastien extendió su mano libre para rozar su mejilla con los nudillos.
–Nunca podrías estar lejos de mi camino, Kirby.
Cada centímetro de ella se fundió por ese sonido que era una caricia sedosa.
–Vera tiene razón, eres peligroso.
–¿Quién, yo? Si paso todo el día lidiando con acciones y bonos.
Fascinada por él, queriendo saberlo todo, ella se inclinó en el asiento para poder mirar su perfil, la dura línea de su mandíbula bien afeitada.
–¿En serio? –preguntó.
Él asintió.
–Estoy a cargo de los activos financieros de DarkRiver.
Kirby recordó lo que había leído en los periódicos sobre la manada y que era, de hecho, una de las corporaciones más grandes de la ciudad, una corporación con una sólida salud financiera, y supo que ella había tenido razón. Bastien era muy bueno en su trabajo.
–¿También tienes otros clientes?
–Algunos pequeños. ¿Por qué, quieres invertir? –Levantó una ceja–. Definitivamente podríamos llegar a un acuerdo sobre mis honorarios –añadió con una sonrisa que la invitaba a jugar.
Kirby quería tocar esa sonrisa, besarla con su propia boca.
–Los profesores de jardín de infancia no ganan lo suficiente para invertir.
Una mirada de interés antes de volver su atención a la carretera.
–¿Qué jardín de infancia?
–Uno en Chinatown cerca del cuartel general de Darkriver en la ciudad. –Como resultado, ella tenía más estudiantes cambiantes que humanos, y había pasado el último mes aprendiendo cómo lidiar con niños que todavía no tenían un control total sobre su cambio.
–El otro día –le dijo, el recuerdo placentero–, no podía encontrar a un estudiante hasta que mi ayudante me señaló que él estaba en forma de cachorro balanceándose encima de la rama de un árbol. –Kirby finalmente había convencido al chico, quien aparentemente había tenido una pelea con un amigo, de saltar a sus brazos–. No me prepararon para eso en mi formación.
Bastien tomó la carretera principal de regreso a San Francisco.
–Deberías hablar con Annie –dijo–. Creo que ella enseña a niños de siete años, incluyendo a muchos niños cambiantes, probablemente podría darte algunos consejos.
–¿No le importaría? –Kirby amaba su nuevo trabajo y quería hacerlo bien, ella no era demasiado orgullosa para pedir ayuda a profesores más experimentados.
–No, ella es un amor. Buscaré su número en el directorio de la manada, le diré que te llame. –Sus labios se curvaron de nuevo–. Por supuesto, eso significa que tendrás que darme tu número.
–O podría preguntarle a Vera por los datos de contacto de Annie –bromeó ella, el impulso de tocarlo era tan agresivo que tenía que abrazarse para no extender las manos. Aun así, una parte salvaje y desconocida de ella se lanzó hacia él, como si fuese a salirse de su propia piel.
–Oh, eso es malvado. –El ceño fruncido de Bastien oscureció sus rasgos, y estiró su mano para tirarle del pelo–. ¿Conociste a Vera en el jardín de infancia?
–Dos de sus nietos asisten y ella va como voluntaria un par de veces a la semana. –La otra mujer había tomado a Kirby bajo su ala en su primer encuentro, por sus propias razones, convirtiéndose en su primera amiga en esta ciudad–. ¿Siempre trabajas los domingos?
–Solo cuando es necesario. –Acomodándose en el asiento cuando accedieron a la autopista, le dijo–: Cuéntame más historias sobre los niños a los que enseñas.
Sonriendo, Kirby lo hizo, después Bastien le habló sobre su manada, sobre los bosques que amaba y le preguntó a ella cómo había sido vivir en Georgia. El tiempo pasó rápidamente, hasta que parpadeó sorprendida al comprender que estaban cerca de su apartamento.
–Yo… –dejó escapar el aliento entre los dientes.
–¿Kirby? –La mirada de Bastien se posó en ella y volvió rápidamente a la carretera un segundo más tarde–. Me orillaré.
–No, no es nada. –Haciendo una mueca, ella se frotó el abdomen, la sensación punzante ya estaba remitiendo como lo había hecho las otras tres veces que las había sentido desde que se mudó a San Francisco–. He estado comiendo demasiada comida rápida en el muelle –admitió, arrugando la nariz. Todo era tan nuevo y diferente: el agua, las gaviotas, la rica sopa de pescado servida en un tazón con masa fermentada que había disfrutado ya dos veces esta semana, incluso en el almuerzo de hoy–. Solo tengo que volver al buen camino y estaré bien.
Bastien frunció el ceño.
–Vamos a ir a una clínica, por si acaso. 
Sacudiendo la cabeza, le indicó una plaza de aparcamiento en frente del edificio de tres pisos en el barrio chino, donde había encontrado un apartamento económico gracias al hecho que era del tamaño de una caja de zapatos. No le importaba. Lo que importaba era que estaba cerca del jardín de infancia por lo que podía ir caminando y estaba ubicado en el corazón de la ciudad, lo cual significaba que nunca experimentaría el beso helado de la absoluta soledad.
–En realidad no me siento enferma. –Era un dolor agudo y feroz cuando golpeaba, pero luego se desvanecía, y por eso ella continuó hablando de la comida del muelle.
Después de aparcar el coche, Bastien le tocó la frente con el dorso de la mano.
–Al menos no hay fiebre. –Cogió una tarjeta de la cartera que había arrojado en un soporte cuando entró en el coche–. Este es mi número. Llámame si te sientes peor. Pasaré por aquí de camino a casa para ver que tal estás.
–Estoy acostumbrada a cuidar de mí misma –dijo–, no tienes que hacerlo. –El comentario fue directamente en contra de esa gran parte de ella que quería sentarse en su regazo y pedirle que no la abandonara, su piel doliendo por eso.
–Kirby, soy un macho cambiante depredador dominante –dijo, como si eso explicara todo, su tono repentinamente inflexible–. También tengo una madre que me arrancaría mis orejas si te dejo sola en esta situación, por no hablar de lo que Vera me haría. –Una profunda sonrisa arrugó sus mejillas–. Apiádate de mí.
Kirby no tenía que discutir consigo misma para responder. No, la batalla era para mantener algún tipo de control sobre un cuerpo y una mente que estaban yéndose fuera de su control.
–Está bien –dijo ella, el estómago revoloteando de una manera que no tenía nada que ver con el dolor–. ¿Trabajas desde el edificio DarkRiver?
Bastien salió del coche, abrió la puerta del pasajero para ella y esperó hasta que ella estuvo de pie antes de apoyarse contra el coche.
–No. Mi equipo y yo tenemos un local alquilado en el Distrito Financiero –le respondió.
A solo unos minutos de distancia, susurró la locura en ella.
–Estaré allí hasta las siete. –Elevándose en toda su estatura, Bastien curvó su mano alrededor de un lado de su cuello por un momento–. Vendré aquí justo después. –Pasó el pulgar sobre su pulso–. ¿Sí?
Con la garganta seca, ella asintió.
–Sí.
Su mirada bajó a sus labios y por un segundo pensó que iba a besarla, pero luego retiró su mano, el verde de los ojos el de un leopardo salvaje.
–Descansa. –Una áspera orden–. Te veré en pocas horas.
Con su corazón retumbando como un tambor desacompasado contra sus costillas, lo observó merodear alrededor hasta llegar al asiento del conductor. Gato, sin duda un gato.

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