Por si alguién aún no lo tiene os dejo aquí el enlace de
descarga de
Fragmentos
de esperanza:
Capítulo 2
Una pausa.
Kirby tenía la
sensación de que había sorprendido al leopardo a su lado, pero él se recuperó con
rapidez.
–Oh, me gusta.
–Su voz había bajado, adquiriendo un borde más áspero que lanzó su estómago en
una peligrosa caída libre–. Sin embargo, y a pesar de la negativa de Vera a
creerme, soy muy exigente con respecto a quién desnudo ahora que ya no soy un
adolescente gobernado por las hormonas. Por supuesto, cuando era un adolescente,
una mujer desnuda habría hecho que las cosas terminaran de una manera abrupta,
físicamente hablando.
Con la piel
ardiendo de nuevo cuando apenas se había calmado, Kirby se negó a dar marcha
atrás.
–Espero que tu
habilidad de permanecer… firme –¿estaba
realmente diciendo eso?– contra la tentación haya mejorado con el tiempo.
–Ella nunca había coqueteado de esa manera tan sexual y pecaminosa, no sabía
que podía hacerlo.
Una mano en su
espalda, un contacto abrasador a través de su chaqueta de punto y la camisola
que llevaba debajo, y un cálido aliento contra el lóbulo de su oreja mientras
se él inclinaba más cerca.
–No tienes ni
idea, gatita –dijo.
Luchando
contra el estremecimiento que la amenazaba, se dirigió a la casa de Vera y a la
cocina, donde puso el pastel en la encimera.
–Prepararé
café –dijo ella antes que Bastien o Vera
pudieran ofrecerse.
La tarea rutinaria
le dio algo que hacer, aunque si había pensado que eso le ayudaría a ignorar a Bastien,
resultó ser un esfuerzo inútil. Despatarrado en una silla frente a Vera en la
mesa de la cocina, él estaba diciendo algo que hacía reír a su compañera de
manada.
–¿Por qué
estás vestido tan elegante? –preguntó Vera una vez que su risa se hubo
desvanecido, levantando el elegante pero innecesario bastón para tocar el
antebrazo de Bastien–. ¿Era para la selección de chicas?
Bastien dejó
caer la cabeza entre sus manos, el impresionante color rojo oscuro de su pelo
capturaba la luz del sol que entraba por las ventanas de la cocina, las cuales
daban al bosque lleno de frondosos abetos verdes. Su camisa blanca estaba tensa
sobre sus hombros en esta posición, haciendo evidente su fuerza.
–Pensé que
mamá me necesitaba un momento para ayudarla a mover los muebles para el
almuerzo del club de lectura –gruñó él cuando levantó la cabeza–. Si hubiera
sabido que estaba actuando de celestina, habría llevado mis vaqueros más
andrajosos y una camiseta manchada.
Forzando sus oídos
para captar cada palabra gruñida, Kirby encontró las tazas cuando el café
comenzó a hervir.
–Tu madre te
ama. –Vera miró a Bastien–. Estás en buena forma, en la flor de tu vida, debes
encontrar a una chica antes de volverte viejo y arrugado.
–Vaya,
gracias, Vera. –Un murmullo masculino cuando se enderezó de nuevo, con un brazo
apoyado perezosamente contra el respaldo de su silla, su cuerpo grande con las extremidades
relajadas, como un gato en reposo–. Tenía la esperanza de que me quedaran aún
algunos años más.
La respuesta
de Vera fue una sonrisa brillante y llena de expectación.
–Voy a
disfrutar viéndote caer, Bastien Smith. Apuesto a que te envolverá alrededor de
su dedo.
Un
encogimiento de hombros, esos deliciosamente anchos hombros capturaron la
atención de Kirby de nuevo.
–Por supuesto
que lo hará. –Por imposible que fuera, Kirby sentía como si su voz fuera entonada para
acariciar sus sentidos–. Si no fuera así, ¿qué sentido tendría?
La sonrisa de
Vera se volvió cariñosa.
–Estoy contenta
de ver que entiendes eso. –Levantó la mirada cuando Kirby llevó la bandeja con
el café, la expresión de Vera se suavizó–. ¿Y tú, Kirby? –Ella tiró de Kirby para
que se sentara–. ¿No has encontrado a alguien todavía?
–Solo llevo en
la ciudad dos semanas –dijo, consciente de que Bastien se quedó inexplicablemente
quieto por un tenso y breve segundo, el verde de sus ojos ya no era humano,
antes que él se levantara para coger el pastel.
–Por el acento
–dijo él–, creo que eres de… ¿Georgia?
Kirby asintió,
feliz de que él hubiera cambiado de tema, pero Vera no lo hizo.
–Dos semanas,
estúpidas semanas. Nunca es demasiado pronto para empezar a buscar. –Los ojos
de la mujer mayor brillaban, parpadeando de Kirby a Bastien–. Ustedes dos tendrían
bonitos cachorros.
Kirby se quería
morir. Cavar un agujero, saltar dentro, enterrarse profundo sonaba bien.
Bastien, por el
contrario, se colocó entre ella y Vera y sirvió el pastel sin perder el ritmo,
el calor de su cuerpo deslizándose contra ella como una caricia táctil.
–Sin lugar a
dudas –dijo él–, pero no lo haremos si aterrorizas a Kirby con advertencias
sobre la probabilidad de acabar desnuda mientras está conmigo.
Kirby
respondió en pura legítima defensa, impulsada por ese algo extraño dentro de
ella que le decía que no podía permitirle abrumarla. Ni ahora, ni nunca. Tal
vez no fuera una dominante, pero era fundamental que él no la viera como débil.
Las puntas de sus dedos le escocieron por ese pensamiento feroz, el dolor agudo
y penetrante. Dejó a un lado la taza de café que, claramente, estaba más
caliente de lo que se había dado cuenta.
–Esa
probabilidad se vuelve cada vez menor con cada palabra que dices –respondió.
Riendo, Vera golpeó
su muslo. Bastien volvió a tomar asiento con una expresión desmedidamente mansa
si tenía en cuenta que se había cambiado de silla para que su muslo se presionara
contra el de Kirby. Eso generó una escalada en su conciencia de él, su piel
hormigueaba de una manera que se sentía como si viniera desde su interior hacia
el exterior. Casi como si tuviera también un leopardo bajo su piel, uno que se frotaba
contra ella en un esfuerzo para acercarse a este hermoso gato que hacía que sus
terminaciones nerviosas se descontrolaran.
Sacudiéndose
la curiosa sensación, se centró en su conversación con Vera.
Inteligente,
ingenioso, un poco pícaro, Bastien era el tipo de hombre que nunca tendría
problemas para atraer a una mujer. Kirby estaba lejos de ser inmune. Si ella
fuera brutalmente honesta, nunca había reaccionado a nadie tan fuerte como lo
había hecho con él.
Esa violenta
ola de necesidad, de deseo desde el
principio, seguido por un creciente deseo de saber más de él, de saberlo todo…
era profundamente inquietante. Como lo fue la dolorosa decepción que hizo que clavara
las uñas las palmas y los ojos amenazaran con arder cuando él miró su reloj.
–Es mejor que
me vaya a la oficina. Con la inestabilidad causada por la situación política de
los Psy, tengo que mantener una vigilancia extra en las cosas –dijo él.
–Solo trabajo sin
diversión. –Vera negó con la cabeza mientras Kirby miraba deliberadamente la
taza de café medio vacía en un esfuerzo por ocultar su reacción perturbadora,
su piel enrojecida alternando entre caliente y frío–. Ten cuidado de no
convertirte en un chico aburrido.
–Pensé que
estaba haciendo que las mujeres se desnudaran de manera regular. –Levantándose con ese chiste, Bastien se dio
la vuelta para besar a Vera en la mejilla–. ¿Te puedo llevar a algún lugar,
Kirby? –preguntó, con la mano en el respaldo de su silla.
Asustada por
lo mucho que quería inclinarse hacia atrás, frotar su mejilla contra su brazo, tirar
de él hacia su boca, ella negó con la cabeza.
–No seas tonta
–dijo Vera–. No tienes coche.
Sus dedos
flexionados, el hormigueo en los dedos aumentado en intensidad.
–No es ningún
problema tomar el…
El aliento de
Bastien fue un susurro caliente y sedoso sobre su oreja, su rostro a solo una
caricia de distancia.
–Te prometo
que no muerdo. –Fue un desafío.
Kirby había
dejado de aceptar desafíos estúpidos cuando era adolescente, pero una rebeldía
primitiva se elevó en su interior ante sus palabras. Algo muy cercano al pánico
la inundó y sintió que se apoderaba de ella al darse cuenta de que él estaba a
punto de irse, acallando totalmente el sentido de auto-conservación que le decía
que tenía que poner un poco de distancia entre ambos para poder pensar.
–Lidio con
niños de cinco años todos los días –dijo ella, la mandíbula de él acarició su
sien cuando ella giró un poco su cabeza. El contacto la hizo querer
estremecerse, pedir más. Tragándose la desgarradora necesidad que era demasiado
poderosa como para poder pensar racionalmente, de algún modo se las arregló
para mantener su tono plano cuando añadió–: En comparación eres un gatito.
–Cuidado,
Bastien. –La sonrisa de Vera era amplia–. Kirby tiene un cerebro.
–Me gustan las
mujeres con cerebro –dijo Bastien, moviendo la silla de Kirby hacia atrás para
que pudiera levantarse, aunque él seguía estando lo suficientemente cerca como
para tocarla.
Un resoplido.
–¿Oh? Pensé
que otros atributos tenían prioridad.
–Adiós, Vera.
–Bastien comenzó a caminar de espaldas saliendo de la cocina, agitando los
dedos a la mujer mayor que, por su sonrisa, estaba claramente encantada por el
compañero de manada al que había estado tomando el pelo.
Cuando Kirby
cogió su bolso y se unió a él, Bastien se giró para caminar hacia delante,
entonces puso su mano en su espalda de nuevo. El contacto renovó la extraña
sensación de roce de pelaje contra el interior de su piel e hizo que sus dedos
se curvasen mientras sus pechos dolían.
Kirby sabía
que debía alejarse y no solo por su respuesta cada vez más descontrolada hacia
él. Gracias a un amigo cambiante en la secundaria, ella comprendía el concepto
de privilegios de piel: el derecho a tocar, dentro y fuera de la manada, los
diferentes grados de contacto aceptables para distintas situaciones. La mano de
un varón en la espalda baja de una mujer era un acto íntimo en la sociedad humana,
más aún en el mundo cambiante.
Si ella no hacía
nada sobre la forma en que Bastien estaba reclamando ese derecho, él lo tomaría
como una aquiescencia silenciosa a su persecución. Si ella decía que no, él
daría marcha atrás de inmediato, DarkRiver era una manada que se regía por
estrictos y disciplinados códigos de comportamiento. Kirby sabía eso debido a
que Vera se lo había dicho después de señalar que Kirby era una mujer joven y soltera
que vivía en un territorio lleno de cambiantes y por lo tanto era muy probable que
entrase en contacto con machos interesados.
–Si es un depredador, leopardo o lobo, será directo
–había dicho la anciana–. No saben ser sutiles cuando se fijan en una mujer.
Pero ningún varón en DarkRiver o SnowDancer irá dónde no ha sido
específicamente invitado.
Así que Kirby
no tenía la excusa del desconocimiento. Pero no se apartó, no le dijo a Bastien
que dejara de tocarla. Porque a pesar de su preocupación por el carácter
ingobernable de sus reacciones, la presencia de ese gran cuerpo a su lado, la
presión de su mano, se sentía bien… mejor que cualquier cosa que hubiese
sentido en mucho, mucho, tiempo.
La cálida sensación
de pertenencia era lo suficientemente potente como para cortar el frío nudo que
había sido parte de ella desde que podía recordar, un bulto pesado en el centro
de su pecho que dolía profundamente en la noche y la hacía llorar
incomprensibles lágrimas. En estos días, ella lloraba en silencio, se
despertaba y descubría su cara mojada. Cuando era niña, ella había gritado hasta
despertase, su garganta en carne viva y el terror en su sangre.
–Hey. –La mano
de Bastien dibujaba gentiles círculos en su espalda–. ¿Todo bien?
Asintiendo,
ella entró en el costoso coche negro que le decía que Bastien había tenido
mucho éxito en lo que fuera que hiciera, y lo vio caminar para sentarse en el
asiento del conductor.
Él apoyó su
brazo a lo largo de la parte posterior de su asiento, y esperó hasta que ella
lo miró a los ojos.
–Si no quieres
estar aquí –dijo él con calma– o si te sientes incomoda conmigo, dímelo. –El
leopardo la miraba a través de sus ojos–. ¿Quieres irte?
–No. –Su
respuesta fue impulsada por el instinto, el momento lleno con un significado
que no podía comprender conscientemente–. Recuerdos –se encontró diciéndole al
hermoso macho que había sido un desconocido una hora atrás–. Me acordé de algo
que me puso triste.
Bastien se
acercó para colocarle el pelo detrás de la oreja, sus dedos rozando la curva de
la misma haciendo brillar sensaciones a través de cada pulgada de ella.
–¿Recuerdas a
menudo?
Ella sacudió
la cabeza cuando el picor en la piel disminuyó para ser reemplazado por un
deseo voraz de más.
–No. –El
llorar en sueños se había ido desvaneciendo hasta desaparecer totalmente en la
parte final de su infancia, solo para regresar con más fuerza cuando se
trasladó a San Francisco–. Creo que es el estrés por haberme mudado a un sitio
nuevo.
Bastien movió
su mano como si fuera a jugar con otro mechón de su cabello, y luego miró a la
casa de Vera.
–Ella nos
acusará de conducta indecente en su camino de entrada si no nos vamos.
Las palabras
secas la hicieron reír, la tristeza se desvaneció y supo que lo había hecho a
propósito, este leopardo al que no conocía… y sin embargo, en sus huesos sentía
que sí.
–¿Hacia dónde?
–preguntó poniendo en marcha el coche, su sonrisa devastadora.
Kirby le dio
su dirección, entonces se dio cuenta que ella nunca le había preguntando hacia
dónde iba.
–¿Está lejos
de tu ruta? –Debería haberse ofrecido a bajarse en la parada de autobús, pero
no podía decirlo.
Con una mano
confiada en el volante mientras ellos iban marcha atrás, Bastien extendió su
mano libre para rozar su mejilla con los nudillos.
–Nunca podrías
estar lejos de mi camino, Kirby.
Cada
centímetro de ella se fundió por ese sonido que era una caricia sedosa.
–Vera tiene
razón, eres peligroso.
–¿Quién, yo? Si
paso todo el día lidiando con acciones y bonos.
Fascinada por
él, queriendo saberlo todo, ella se inclinó en el asiento para poder mirar su
perfil, la dura línea de su mandíbula bien afeitada.
–¿En serio?
–preguntó.
Él asintió.
–Estoy a cargo
de los activos financieros de DarkRiver.
Kirby recordó
lo que había leído en los periódicos sobre la manada y que era, de hecho, una
de las corporaciones más grandes de la ciudad, una corporación con una sólida salud
financiera, y supo que ella había tenido razón. Bastien era muy bueno en su
trabajo.
–¿También
tienes otros clientes?
–Algunos
pequeños. ¿Por qué, quieres invertir? –Levantó una ceja–. Definitivamente
podríamos llegar a un acuerdo sobre mis honorarios –añadió con una sonrisa que
la invitaba a jugar.
Kirby quería tocar
esa sonrisa, besarla con su propia boca.
–Los
profesores de jardín de infancia no ganan lo suficiente para invertir.
Una mirada de
interés antes de volver su atención a la carretera.
–¿Qué jardín
de infancia?
–Uno en
Chinatown cerca del cuartel general de Darkriver en la ciudad. –Como resultado,
ella tenía más estudiantes cambiantes que humanos, y había pasado el último mes
aprendiendo cómo lidiar con niños que todavía no tenían un control total sobre
su cambio.
–El otro día
–le dijo, el recuerdo placentero–, no podía encontrar a un estudiante hasta que
mi ayudante me señaló que él estaba en forma de cachorro balanceándose encima
de la rama de un árbol. –Kirby finalmente había convencido al chico, quien
aparentemente había tenido una pelea con un amigo, de saltar a sus brazos–. No
me prepararon para eso en mi formación.
Bastien tomó la
carretera principal de regreso a San Francisco.
–Deberías
hablar con Annie –dijo–. Creo que ella enseña a niños de siete años, incluyendo
a muchos niños cambiantes, probablemente podría darte algunos consejos.
–¿No le
importaría? –Kirby amaba su nuevo trabajo y quería hacerlo bien, ella no era
demasiado orgullosa para pedir ayuda a profesores más experimentados.
–No, ella es
un amor. Buscaré su número en el directorio de la manada, le diré que te llame.
–Sus labios se curvaron de nuevo–. Por supuesto, eso significa que tendrás que
darme tu número.
–O podría
preguntarle a Vera por los datos de contacto de Annie –bromeó ella, el impulso
de tocarlo era tan agresivo que tenía que abrazarse para no extender las manos.
Aun así, una parte salvaje y desconocida de ella se lanzó hacia él, como si
fuese a salirse de su propia piel.
–Oh, eso es malvado.
–El ceño fruncido de Bastien oscureció sus rasgos, y estiró su mano para tirarle
del pelo–. ¿Conociste a Vera en el jardín de infancia?
–Dos de sus
nietos asisten y ella va como voluntaria un par de veces a la semana. –La otra
mujer había tomado a Kirby bajo su ala en su primer encuentro, por sus propias razones,
convirtiéndose en su primera amiga en esta ciudad–. ¿Siempre trabajas los
domingos?
–Solo cuando
es necesario. –Acomodándose en el asiento cuando accedieron a la autopista, le dijo–:
Cuéntame más historias sobre los niños a los que enseñas.
Sonriendo,
Kirby lo hizo, después Bastien le habló sobre su manada, sobre los bosques que
amaba y le preguntó a ella cómo había sido vivir en Georgia. El tiempo pasó rápidamente,
hasta que parpadeó sorprendida al comprender que estaban cerca de su
apartamento.
–Yo… –dejó
escapar el aliento entre los dientes.
–¿Kirby? –La
mirada de Bastien se posó en ella y volvió rápidamente a la carretera un
segundo más tarde–. Me orillaré.
–No, no es nada.
–Haciendo una mueca, ella se frotó el abdomen, la sensación punzante ya estaba remitiendo
como lo había hecho las otras tres veces que las había sentido desde que se
mudó a San Francisco–. He estado comiendo demasiada comida rápida en el muelle
–admitió, arrugando la nariz. Todo era tan nuevo y diferente: el agua, las
gaviotas, la rica sopa de pescado servida en un tazón con masa fermentada que
había disfrutado ya dos veces esta semana, incluso en el almuerzo de hoy–. Solo
tengo que volver al buen camino y estaré bien.
Bastien
frunció el ceño.
–Vamos a ir a
una clínica, por si acaso.
Sacudiendo la
cabeza, le indicó una plaza de aparcamiento en frente del edificio de tres
pisos en el barrio chino, donde había encontrado un apartamento económico gracias
al hecho que era del tamaño de una caja de zapatos. No le importaba. Lo que
importaba era que estaba cerca del jardín de infancia por lo que podía ir
caminando y estaba ubicado en el corazón de la ciudad, lo cual significaba que
nunca experimentaría el beso helado de la absoluta soledad.
–En realidad
no me siento enferma. –Era un dolor agudo y feroz cuando golpeaba, pero luego
se desvanecía, y por eso ella continuó hablando de la comida del muelle.
Después de aparcar
el coche, Bastien le tocó la frente con el dorso de la mano.
–Al menos no
hay fiebre. –Cogió una tarjeta de la cartera que había arrojado en un soporte
cuando entró en el coche–. Este es mi número. Llámame si te sientes peor. Pasaré
por aquí de camino a casa para ver que tal estás.
–Estoy acostumbrada
a cuidar de mí misma –dijo–, no tienes que hacerlo. –El comentario fue
directamente en contra de esa gran parte de ella que quería sentarse en su
regazo y pedirle que no la abandonara, su piel doliendo por eso.
–Kirby, soy un
macho cambiante depredador dominante –dijo, como si eso explicara todo, su tono
repentinamente inflexible–. También tengo una madre que me arrancaría mis
orejas si te dejo sola en esta situación, por no hablar de lo que Vera me
haría. –Una profunda sonrisa arrugó sus mejillas–. Apiádate de mí.
Kirby no tenía
que discutir consigo misma para responder. No, la batalla era para mantener
algún tipo de control sobre un cuerpo y una mente que estaban yéndose fuera de
su control.
–Está bien
–dijo ella, el estómago revoloteando de una manera que no tenía nada que ver
con el dolor–. ¿Trabajas desde el edificio DarkRiver?
Bastien salió
del coche, abrió la puerta del pasajero para ella y esperó hasta que ella estuvo
de pie antes de apoyarse contra el coche.
–No. Mi equipo
y yo tenemos un local alquilado en el Distrito Financiero –le respondió.
A solo unos
minutos de distancia, susurró la locura en ella.
–Estaré allí
hasta las siete. –Elevándose en toda su estatura, Bastien curvó su mano
alrededor de un lado de su cuello por un momento–. Vendré aquí justo después. –Pasó
el pulgar sobre su pulso–. ¿Sí?
Con la
garganta seca, ella asintió.
–Sí.
Su mirada bajó
a sus labios y por un segundo pensó que iba a besarla, pero luego retiró su
mano, el verde de los ojos el de un leopardo salvaje.
–Descansa.
–Una áspera orden–. Te veré en pocas horas.
Con su corazón
retumbando como un tambor desacompasado contra sus costillas, lo observó
merodear alrededor hasta llegar al asiento del conductor. Gato, sin duda un
gato.
Estava com saudades vossas!
ResponderEliminarME ENCANTA, FELICIDADES CHICAS
ResponderEliminarFina. mil gracias por el capitulo, besos.
ResponderEliminarhola que todos pasen un lindo fin de semana, besos
Fina. hola que todos pasen una feliz semana, besos
ResponderEliminarGracias por el capítulo.
ResponderEliminarGracias por el capítulo.
ResponderEliminar